lunes, 15 de diciembre de 2014

Desesperación


Y ahí estaba ella, arrinconada en un extremo del pequeño lugar donde se encontraba. Hacía mucho tiempo que había sido una gran defensora de los derechos de las personas, pero en ese momento ya no le quedaban fuerzas para seguir. Tenía escasos alimentos y lo único que se permitía tener para no perder el contacto de expresarse, una computadora  que funcionaba con aire, más bien con dióxido de carbono que era tomado a través de un filtro convirtiéndose en energía eléctrica.

 La había adquirido hace cinco años en la época de la tercera guerra mundial. En ella empezaba a escribir lo que una vez hizo con su vida, las decisiones que una vez tuvo que tomar, aquel cuento que una vez la había dejado impactada de que se trataba  “ojos de perro azul”, de Gabriel García Márquez, no sabía cómo este personaje podía crear unas historias tan fantásticas, seguramente debía haberle sucedido algo antes de cada una de sus relatos para que escribiera de ese modo, por eso suponía que sí podía tener un sueño en donde una persona estuviera buscándola, alguien que pudiera comunicarse con ella a través de la telepatía quizás. Esta quimera en un principio se mantuvo encendida, pero al pasar los meses iba obteniendo una desilusión que ya no podría llamarse desilusión sino olvido, ya era un mundo tan lejano aquel que había vivido satisfecha con sus padres, hermanos y tíos, pero que un día tuvo que dejarlos por el bien de la humanidad. No era que pretendía hacerlo por los conflictos que se mantuvieron en la familia, simplemente, tenía que buscar una estrategia para no caer en manos de los "cabeza grandes" como ella los llamaba.

Siempre contemplaba la computadora para ver si en la tierra todavía existía gente que no haya olvidado esa realidad vivida, pero nadie le había contestado, siempre comentaba ojos de perro azul, porque tal vez sería un código que solo existía en los sueños y que Márquez lo habría descubierto y expuesto en sus personajes donde una chica se pasaba escribiendo “Ojos de perro Azul” en todos los lugares para encontrar a aquel hombre con quien soñaba cada noche y la veía cerca del velador sin poder tañerla y sin poder rememorar al despertarse la frase con la que tenía que buscarla, pero la respuesta no llegaba. No tenía que desesperase, sabía que la contestación no tardaría, conocía a otros que eran como ella, y que no se habrían dejado capturar tan fácilmente. 

Sus padres le habían dicho “si tienes algún peligro hazte la muerta o corre a un lugar donde nadie vaya a buscarte”, y eso hizo, pero ahora se encontraba perdida. Era casualidad o el destino, pero le llego una contestación con la frase de ojos de perro azul, su corazón palpitaba, había alguien al otro lado de la pantalla que había entendido su mensaje, alguien que sí era ilustrado, y probablemente había leído suficientes libros como para saber sobre autores, y que ahora  debían quedar olvidado en un pasado. Le empezó a responder despacio, parecía que su capacidad de pensar no era suficiente para que le llegasen las palabras tan fácilmente. Comenzaron hablar, se llamaba Luis el chico, un nombre que no le pudieron haber puesto los cabezas grandes. Empezó la explicación del ¿cómo te escondistes, en qué lugar te encuentras? y todo por el estilo. Los dos tenían algo en común, salvar a la humanidad, derrotando a los cabezas grandes pero eran  solo dos, debían encontrar más personas para cumplir esta gran hazaña.

Recuerdos



Un día como cualquier otro. Sola, entre los escombros de lo que algún día fue una casa llena de plantas y ventanales que solían encantar a toda persona que pasaba por ese lugar. ¿Ahora? Ahora eran sólo recuerdos. Comenzó a revisar aquella mesita de noche que estaba acomodada perfectamente al lado de su pequeña e incómoda cama. Sacó un cajón del velador y lo colocó encima de una sábana, sabía que esta sería la única manera de alimentar a aquellos monstruos que habitaban en su mente.


-Recuerdos –susurró ella con voz áspera aguantando sus ganas de llorar.


Se detuvo y observó su mano izquierda. Aquél anillo que brillaba tal cual el primer día. Su boda, aún no la olvidaba. Era algo que ni la guerra ni el jefe podrían quitarle… no aún. Apretó su mano, sintió un temblor pero para ella ya era costumbre.


-¿Qué iba a hacer? –le dijo ella al vacío y como por arte de magia recordó- ¡El cajón!


Una sonrisa triste se posó en la comisura de sus labios mientras escarbaba aquel baúl de los recuerdos como le solía llamar ella. Algunas cartas, recortes de periódicos perfectamente camuflados, varias cajas de lo que alguna vez fueron medicinas, crayones. Paró de nuevo, sacó esa caja de crayones y la observó por un instante aunque para ella fueron como mil años.


-¿Cariño qué estás haciendo? –Lo observaba ella desde la cocina. Una mirada orgullosa.


-Pintando mamá… ¿te gusta?


-¡Es precioso!


Y esas fueron las últimas palabras que le dijo antes de ese día. Aún guardaba ese dibujo, el único recuerdo. Siguió escarbando, no podía sacar de su mente el sonido de su dulce risa. Y en ese instante lo encontró, ese libro… el último libro. Su favorito. Leyó el título “El Principito” de Antoine De Saint-Exupéry. No comprendía cómo le podía gustar este libro a un niño de apenas 7 años.


-Léeme un cuento mamá –le dijo él mientras daba pequeños saltos por la habitación azul.


-¿El de siempre? –dijo ella como si se tratase de una rutina.


-Sí por favor –dijo ansioso mientras se tumbaba sobre su cama y se perdía entre las sábanas.


Se adelantó a su parte favorita y citó aquella parte del libro:


“Sí, verás –dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes la necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mi zorros semejantes. Pero si tú me domésticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mi único en el mundo, como yo lo seré pata ti…”


-Un libro lleno de reflexiones, refleja el miedo profundo a envejecer, el amor y la amistad en su máximo esplendor. Trata de incentivar a aquel niño que llevamos dentro pero que hemos dejado olvidado –se decía ella volviendo, lamentablemente, a la realidad.


Como un resorte ella se levantó del suelo, tomó aquel dibujo realizado con esos crayones. Lo miró y le sonrió por última vez. Se ha decidido, es hora de despojarse. Se aproximó al río, agarró una botella y la apretó con tanta fuerza que casi la rompe. Colocó dentro muchas pinturas que fueron famosas y la de su hijo.


-Ojos de perro azul –escribió en una esquina de la hoja porque así le solía llamar.

Y la lanzó a las aguas del río contaminado. Tenía una mezcla de sentimientos. Ella. Allí. Con rabia, con lágrimas en los ojos y con sed de venganza.


-Venganza…