Un día como
cualquier otro. Sola, entre los escombros de lo que algún día fue una casa
llena de plantas y ventanales que solían encantar a toda persona que pasaba por
ese lugar. ¿Ahora? Ahora eran sólo recuerdos. Comenzó a revisar aquella mesita
de noche que estaba acomodada perfectamente al lado de su pequeña e incómoda
cama. Sacó un cajón del velador y lo colocó encima de una sábana, sabía que
esta sería la única manera de alimentar a aquellos monstruos que habitaban en
su mente.
-Recuerdos –susurró
ella con voz áspera aguantando sus ganas de llorar.
Se detuvo y observó
su mano izquierda. Aquél anillo que brillaba tal cual el primer día. Su boda,
aún no la olvidaba. Era algo que ni la guerra ni el jefe podrían quitarle… no
aún. Apretó su mano, sintió un temblor pero para ella ya era costumbre.
-¿Qué iba a hacer?
–le dijo ella al vacío y como por arte de magia recordó- ¡El cajón!
Una sonrisa triste
se posó en la comisura de sus labios mientras escarbaba aquel baúl de los
recuerdos como le solía llamar ella. Algunas cartas, recortes de periódicos
perfectamente camuflados, varias cajas de lo que alguna vez fueron medicinas,
crayones. Paró de nuevo, sacó esa caja de crayones y la observó por un instante
aunque para ella fueron como mil años.
-¿Cariño qué estás haciendo?
–Lo observaba ella desde la cocina. Una mirada orgullosa.
-Pintando mamá… ¿te gusta?
-¡Es precioso!
Y esas fueron las
últimas palabras que le dijo antes de ese día. Aún guardaba ese dibujo, el
único recuerdo. Siguió escarbando, no podía sacar de su mente el sonido de su
dulce risa. Y en ese instante lo encontró, ese libro… el último libro. Su
favorito. Leyó el título “El Principito” de Antoine De Saint-Exupéry. No
comprendía cómo le podía gustar este libro a un niño de apenas 7 años.
-Léeme un cuento
mamá –le dijo él mientras daba pequeños saltos por la habitación azul.
-¿El de siempre?
–dijo ella como si se tratase de una rutina.
-Sí por favor –dijo
ansioso mientras se tumbaba sobre su cama y se perdía entre las sábanas.
Se adelantó a su
parte favorita y citó aquella parte del libro:
“Sí, verás –dijo el
zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil
muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes la necesidad de mí y
no soy para ti más que un zorro entre otros cien mi zorros semejantes. Pero si
tú me domésticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para
mi único en el mundo, como yo lo seré pata ti…”
-Un libro lleno de
reflexiones, refleja el miedo profundo a envejecer, el amor y la amistad en su
máximo esplendor. Trata de incentivar a aquel niño que llevamos dentro pero que
hemos dejado olvidado –se decía ella volviendo, lamentablemente, a la realidad.
Como un resorte
ella se levantó del suelo, tomó aquel dibujo realizado con esos crayones. Lo
miró y le sonrió por última vez. Se ha decidido, es hora de despojarse. Se
aproximó al río, agarró una botella y la apretó con tanta fuerza que casi la
rompe. Colocó dentro muchas pinturas que fueron famosas y la de su hijo.
-Ojos de perro azul
–escribió en una esquina de la hoja porque así le solía llamar.
Y la lanzó a las
aguas del río contaminado. Tenía una mezcla de sentimientos. Ella. Allí. Con rabia,
con lágrimas en los ojos y con sed de venganza.
-Venganza…
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